"Sin él, todo será distinto",
cuenta un argentino que mucho conoce Liverpool. Se llama Catriel Ayuso, es
abogado y coleccionista de antigüedades de bares. El fútbol y los rojos de la
ciudad le llegaron por condición casual. Pronto aprendió un detalle relevante:
Steven Gerrard es una celebridad a la que hay que rendirle pleitesía todos los
días. Lo lee en los diarios, lo mira en cada canal de deportes, lo aplaude en
sus escasas visitas a Anfield Road. Y en su primera visita a The Cavern
(el más simbólico de los bares de la ciudad, el que vio nacer a The Beatles)
comprobó que "Gerrard" era una palabra más en el diccionario local.
Ayuso no es fanático del fútbol. Pero ese mediocampista que parece capaz de
todo lo conmovió en sus tiempos vividos cerca de ese puerto que "tanto se
parece a Madero". Gerrard, quien el último fin de semana se despidió
del estadio que más lo abrazó en su vida de crack, es un emblema incluso para
aquellos a los que el fútbol les llegó de rebote.
La escena que el mundo brindó por todos los
rincones obedece a números anteriores: fueron 17 años, 709 partidos, 185
goles y 10 títulos. El último sábado, a los 34 años, justo antes de ofrecer
sus servicios de estupendo futbolista a Los Angeles Galaxy, brindó cinco
palabras que contaron y cuentan su sensación: "Voy a extrañar mucho
esto". Y agregó, luego, convencido: "Amé cada minuto. Estoy
absolutamente devastado. No voy a volver a jugar de nuevo frente a estos
aficionados". Palabras finales para una historia de amor. Habrá saudade,
como dicen en Brasil.
El equipo, su equipo, The Reds, cayó
3-1 frente al Crystal Palace. Pero él vivió una victoria detrás de la derrota:
un estadio entero, ese espacio que tanto le agradó, le ofreció una ovación para
todos los recuerdos. Entró a la cancha acompañado de sus hijas Lourdes, Lexie y
Lilly, miró a los costados, observó el mosaico en su honor, sonrió. Dicen que
fue la más ancha de sus sonrisas. Algo más: esa imagen contaba que ese era su
lugar en el mundo.
Anfield era una fiesta por todos lados. En
sus tribunas, repletas como siempre en esta temporada y en casi todas las
anteriores, el himno se escuchaba como parte de la celebración. Todos gritaban
una verdad que el mundo corrobora: Liverpool nunca caminará solo. "Walk
on, walk on with hope in your heart, / and you'll never walk alone, / you'll
never walk alone" (Camina, camina, con esperanza en tu corazón, / Y nunca
caminarás solo, / Nunca caminarás solo) es el grito unánime. Pero esta vez
acompañaban todos a uno. Al que se iba, al que se despedía con honores y con
amores. A Gerrard.
En el campo de juego, el capitán sollozaba
como si fuera un debutante. Pero en su carrera inmensa ya sucedieron más
historias que en la vida de muchísimos ancianos vinculados al deporte. Sus
compañeros lo abrazaban. Y todos juntos participaban de una arenga que también
era festejo. Era el final de una carrera y el principio de una leyenda.
Y lo contó en voz alta, mientras un universo
de personas vestido de rojo lo escuchaba: "Hay mucha gente para nombrar.
Agradecer a todos los compañeros que tuve y que me hicieron ser el jugador que
soy ahora. Guardaría mi último agradecimiento a la gente más importante en el
club, estos hinchas te animan más que cualquier otro. Por eso, antes de irme,
antes de que aparezcan las lágrimas, quiero decir que jugué ante la mayoría de
las aficiones del mundo y déjenme decirles que ustedes son los mejores". Las
lágrimas nacieron pronto. El idilio continuaba. Para siempre.


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